miércoles 4 de noviembre de 2009

ACERCA DEL PROYECTO FINAL

A los integrantes del Seminario:


El jueves 5 de noviembre no podremos realizar la clase presencial porque debo participar dando el discurso de entrega del Premio La Casona al poeta Marco Martos. Para avanzar en la elaboración del proyecto tienen que redactar un texto, de aproximadamente una o dos páginas máximo, en el que consigne lo siguiente:

1° El título (tentativo) del proyecto de investigación: procure ser lo más específico posible.
2° Definición del problema: puede utilizar interrogantes o exposición de ideas, o ambos a la vez. Este problema (generalmente surgido de las lecturas como intuición) será el que intente solucionar la investigación.
3° Antecedentes: precise los autores que han abordado en libros, artículos, entrevistas o cualquier otra fuente de información, algún aspecto del problema (o todo) o que han dado origen a la intuición, a la duda o curiosidad sobre el particular.
4° Justificación: indique qué posible consecuencia tendría, a nivel personal o para el conocimiento de la especialidad, el resolver dicho problema.
5° Bibliografía: sólo consigne los textos que ha revisado y sobre los que ha opinado.

Este texto redactado debe entregarse el martes 10, junto con el resumen comprensivo y el mapa conceptual de la lectura de Fabbri.

Asimismo, para quienes deseen más elementos para la realización del proyecto y/o la investigación: puede leer el artículo “Fundamentos de la investigación literaria” (en este mismo blog en la columna de la derecha donde dice “Libros y artículos”.

miércoles 21 de octubre de 2009

Nueva lectura obligatoria

A los participantes del seminario, se les informa que el texto de José Luis Molinuevo lo encuentran en la parte inferior, al final de las entradas del blog. La entrega del resumen comprensivo y mapa concepctual de esta lectura será el jueves 21 de octubre.

jueves 1 de octubre de 2009

Segundo control de lectura

Por razones de fuerza mayor, no hemos podido tener nuestra reunión presencial. En consecuencia, y para no detener nuestro trabajo, les proponemos un conjunto de preguntas que pueden ser respondidas como comentarios en este blog.

  1. ¿Qué es la asimbolia?
  2. ¿Cómo es la concepción reaccionaria de la teoría literaria?
  3. ¿Por qué se le llama Poética de la Crítica a la propuesta?
  4. ¿Cuál es la razón por la que el plano de la expresión esté encargado a la linguística y el plano del contenido a la semiótica?
  5. Cuál es la concepción referencial del lenguaje y cuaáles son sus límites?

jueves 24 de septiembre de 2009

CONTROL DE LECTURA

Para los participantes del Seminario:

Razones de fuerza mayor nos han impedido realizar nuestra sesión presencial, por lo que continuaremos con el debate en forma virtual. Hagan sus comentarios en base a los siguientes textos:

Confronte estos fragmentos con la lectura de Bateson y redacte un comentario crítico al respecto.

Texto 1: Las mentes son muchas, la naturaleza es una. Cada uno de nosotros tiene su propia posición en el mundo y por ello su propia perspectiva del mismo. Es fácil pasar de esta perogrullada a alguna noción confusa de relativismo conceptual. El primer relativismo, inocuo, es el relativismo bien conocido de la posición en el espacio y el tiempo. Dado que cada uno de nosotros ocupa un volumen de espacio-tiempo, dos de nosotros no podemos estar exactamente en el mismo lugar al mismo tiempo. Las relaciones entre nuestras posiciones son inteligibles porque podemos situar a cada persona en un mundo común y único, y en un marco temporal compartido.

El relativismo conceptual parece similar, pero la analogía es difícil de llevar a cabo puesto que podemos preguntarnos cuál es el punto de referencia común o el sistema de coordenadas respecto al cual cada esquema es relativo. Sin una buena respuesta a esta pregunta la afirmación según la cual cada uno de nosotros en algún sentido habita su propio mundo pierde su inteligibilidad.

Por esta y otras razones he sostenido durante mucho tiempo que hay límites respecto a cuánto pueden diferir los sistemas de pensamiento, tanto individuales como sociales. Si por relativismo conceptual queremos dar a entender la idea de que los esquemas conceptuales y los sistemas morales, o las lenguas asociadas a ellos, pueden diferir enormemente –hasta el punto de ser mutuamente ininteligibles o inconmensurables, o por siempre fuera del alcance de resolución racional-, entonces rechazo el relativismo conceptual. Es evidente que en las diferentes épocas, culturas y personas, hay diferencias de ciertos tipos respecto de lo que reconocemos y por lo que luchamos; pero se trata de diferencias que con empatía y esfuerzo podemos llegar a explicar y comprender. Los problemas aparecen cuando tratamos de aceptar la idea de que debe haber diferencias más globales, ya que esto parece pedirnos (absurdamente) que adoptemos una posición externa a nuestros propios modos de pensar.

Texto 2: La creencia es una condición del conocimiento. Pero para tener una creencia no es suficiente con discriminar entre aspectos del mundo, comportarse de modos distintos en circunstancias distintas; esto lo hace un caracol o una litorina. Tener una creencia exige además apreciar el contraste entre creencia verdadera y creencia falsa, entre la apariencia y la realidad, el mero parecer y el ser. Por supuesto podemos decir que un girasol ha cometido un error si gira hacia una luz artificial como si fuera el sol, pero no suponemos que el girasol pueda pensar que ha cometido un error, de modo que no atribuimos una creencia al girasol. Quien tenga una creencia acerca del mundo –o acerca de cualquier otra cosa- debe captar el concepto de verdad objetiva, de lo que es el caso independientemente de lo que él o ella piensa. Debemos preguntar, por tanto, por la fuente del concepto de verdad.

Wittgenstein nos puso en la pista de la única respuesta posible a esta pregunta, tanto si su problema era tan amplio como el nuestro como si no, y tanto si creía que hay respuestas a los problemas filosóficos como si no. La fuente del conocimiento de la verdad objetiva es la comunicación interpersonal. El pensamiento depende de la comunicación. Esto se concluye inmediatamente si suponemos que el lenguaje es esencial para el pensamiento y estamos der acuerdo con Wittgenstein en que no puede haber un lenguaje privado. El argumento fundamental contra los lenguajes privados es que, a menos que un lenguaje sea compartido, no hay modo de distinguir entre usar el lenguaje correctamente y usarlo incorrectamente; únicamente la comunicación con otros puede proporcionar un control sobre el uso correcto de las palabras, únicamente la comunicación puede suministrar una norma de objetividad en otros dominios. No tenemos razones para atribuir a una criatura la distinción entre lo que se piensa que es el caso y lo que es el caso a menos que esa criatura posea la norma que un lenguaje compartido proporciona; y sin tal distinción no hay nada que pueda claramente denominarse pensamiento.

lunes 7 de septiembre de 2009

Crítica a "Breve discurso sobre la cultura"

Crítica de la lectura: Breve discurso sobre la cultura
Gabriel Toro Cruz
04030009

El concepto de cultura, tradicionalmente, pertenece al Occidente. Cuando se pretendió que abarque a otras sociedades -no occidentales- surgieron las complicaciones, en cuanto el empleo adecuado de un concepto situado en otro contexto, tanto de tiempo, como de espacio. Pero, ¿acaso ello es una idea descabellada? Para nada, si bien es cierto hay diferencias entre las distintas civilizaciones, lo cual hace desacertado hacerlas equivalentes, si es pertinente considerarlas a todas en la definición de cultura, porque todas ellas son análogas en cuanto se trata de humanidades. Entonces, los antropólogos no estuvieron tan equivocados al proponer como cultura a "todo lo que identifica a un pueblo", porque los pueblos están conformados por seres humanos y son el estrato social que predomina más en una civilización. Lo que deriva en "cultura popular", propuesta de los sociólogos. Pero la intención de los sociólogos que termina por darle un carácter pintoresco a la idea de cultura, en definitiva, atenta contra el concepto tradicional de cultura y, por ello, pone en cuestionamiento esta iniciativa. Razón por la cual Mario Vargas Llosa califica que se ha "depravado" el concepto de cultura.

Pero, ahora detallemos más del carácter tradicional de la cultura. Este se emparenta perfectamente con noción de T. S. Eliot: "cultura es todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido". Antes la cultura servía para mantener la comunicación y para orientar a los seres humanos, como dice el escritor peruano: "al hombre culto la cultura le servía para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los valores estéticos". Este carácter humanista es el que se desea rescatar y preservar.

T. S. Eliot, nuevamente, aporta en el concepto de cultura, dice: "es algo que antecede y sostiene al conocimiento, una actitud espiritual y una cierta sensibilidad que orienta y le imprime una funcionalidad precisa, algo así como un designio moral". Esta cualidad de la sensibilidad sustentada por las artes y las letras, a través de sus valores estéticos, con la finalidad de educar en lo moral, desarrollan el aspecto cultural en una sociedad.

Entonces, habría que determinar las dos acepciones de cultura que prevalecen o en todo caso inventar una nueva palabra para alguna de ellas. Cultura como realización del individuo en el campo estético y moral para orientar sus conocimientos para el bienestar de la humanidad y; por otra parte, cultura como la identidad de un pueblo. No se puede negar el carácter globalizador y humanista en ambas, pero, sin duda alguna, las finalidades son distintas. La primera apunta a la felicidad de los humanos en su existencia y; la segunda, al reconocimiento de las sociedades por lo que las representa inherentemente.

viernes 4 de septiembre de 2009

SEMINARIO DE TEORÍA LITERARIA II

A los integrantes del Seminario:

Razones de fuerza mayor impidieron que estuviera el jueves para concluir el debate sobre el texto de M.V.Ll. A pesar de que informé con tiempo para que les avisaran, hubo una dificultad y no fueron comunicados. Mil disculpas.
Estaba programado un control de lectura para la segunda parte de la sesión, punto que tampoco les fue informado. Por tal motivo, tienen hasta el domingo 6 para hacer una crítica a un aspecto de la lectura (mínimo media página, máximo una), remitirla al aula virtual o enviarla como comentario en este blog. El martes retomamos las clases con normalidad.

Gracias por su comprensión.

martes 25 de agosto de 2009

Breve discurso sobre la cultura* por Mario Vargas Llosa

Me siento muy agradecido a la Universidad de Granada por honrarme concediéndome este doctorado honoris causa, y, muy especialmente, a mi querido amigo D. Blas Gil Extremera, quien, creo, ha sido el instigador principal de esta conspiración fraterna de la que soy beneficiario. Sé muy bien que ser incorporado, de manera simbólica, al claustro de profesores de esta institución es tanto un reconocimiento como un mandato de rigor y honestidad. Ni qué decir qué haré cuanto esté a mi alcance para no defraudarlos.

A lo largo de la historia, la noción de cultura ha tenido distintos significados y matices. Durante muchos siglos fue un concepto inseparable de la religión y del conocimiento teológico, en Grecia estuvo marcado por la filosofía y en Roma por el Derecho, en tanto que en el Renacimiento lo impregnaban sobre todo la literatura y las artes. En épocas más recientes como la Ilustración fueron la ciencia y los grandes descubrimientos científicos los que dieron el sesgo principal a la idea de cultura. Pero, a pesar de esas variantes y hasta nuestra época, cultura siempre significó una suma de factores y disciplinas que, según un amplio consenso social, la constituían y ella implicaba: la reivindicación de un patrimonio de ideas, valores y obras de arte, de unos conocimientos históricos, religiosos, filosóficos y científicos en constante evolución y el fomento de la exploración de nuevas formas artísticas y literarias y de la investigación en todos los campos del saber.

La cultura estableció siempre unos rangos sociales entre quienes la cultivaban, la enriquecían con aportes diversos, la hacían progresar y quienes se desentendían de ella, la despreciaban o ignoraban, o eran excluidas de ella por razones sociales y económicas. En todas las épocas históricas, hasta la nuestra, en una sociedad había personas cultas e incultas, y, entre ambos extremos, personas más o menos cultas o más o menos incultas, y esta clasificación resultaba bastante clara para el mundo entero porque para todos regía un mismo sistema de valores, criterios culturales y maneras de pensar, juzgar y comportarse.

En nuestro tiempo todo aquello ha cambiado. La noción de cultura se extendió tanto que, aunque nadie se atrevería a reconocerlo de manera explícita, se ha esfumado. Se volvió un fantasma inaprensible, multitudinario y traslativo. Porque ya nadie es culto si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de tal modo que todos puedan justificadamente creer que lo son. La más remota señal de este proceso de progresivo empastelamiento y confusión de lo que representa una cultura la dieron los antropólogos, inspirados, con la mejor buena fe del mundo, en una voluntad de respeto y comprensión de las sociedades más primitivas que estudiaban. Ellos establecieron que cultura era la suma de creencias, conocimientos, lenguajes, costumbres, atuendos, usos, sistemas de parentesco y, en resumen, todo aquello que un pueblo dice, hace, teme o adora. Esta definición no se limitaba a establecer un método para explorar la especificidad de un conglomerado humano en relación con los demás. Quería también, de entrada, abjurar del etnocentrismo prejuicioso y racista del que Occidente nunca se ha cansado de acusarse.

El propósito no podía ser más generoso, pero, ya sabemos, por el famoso dicho, que el infierno está empedrado de buenas intenciones. Porque una cosa es creer que todas las culturas merecen consideración ya que, sin duda, en todas hay aportes positivos a la civilización humana, y otra, muy distinta, creer que todas ellas, por el mero hecho de existir, se equivalen. Y es esto último lo que asombrosamente ha llegado a ocurrir en razón de un prejuicio monumental suscitado por el deseo bienhechor de abolir de una vez y para siempre todos los prejuicios en materia de cultura. La corrección política ha terminado por convencernos de que es arrogante, dogmático, colonialista y hasta racista hablar de culturas superiores e inferiores y hasta de culturas modernas y primitivas. Según esta arcangélica concepción, todas las culturas, a su modo y en su circunstancia, son iguales, expresiones equivalentes de la maravillosa diversidad humana.

Si etnólogos y antropólogos establecieron esta igualación horizontal de las culturas, diluyendo hasta la invisibilidad la acepción clásica del vocablo, los sociólogos por su parte –o, mejor dicho, los sociólogos empeñados en hacer crítica literaria- han llevado a cabo una revolución semántica parecida, incorporando a la idea de cultura, como parte integral de ella, a la incultura, disfrazada con el nombre de cultura popular, una forma de cultura menos refinada, artificiosa y pretenciosa que la otra, pero mucho más libre, genuina, crítica, representativa y audaz. Diré inmediatamente que en este proceso de socavamiento de la idea tradicional de cultura han surgido libros tan sugestivos y brillantes como el que Mijail Bajtín dedicó a “La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais” en el que contrasta, con sutiles razonamientos y sabrosos ejemplos, lo que llama “cultura popular”, que, según el crítico ruso, es una suerte de contrapunto a la cultura oficial y aristocrática, la que se conserva y brota en los salones, palacios, conventos y bibliotecas, en tanto que la popular nace y vive en la calle, la taberna, la fiesta, el carnaval y en la que aquella es satirizada con réplicas que, por ejemplo, desnudan y exageran lo que la cultura oficial oculta y censura como el “abajo humano”, es decir, el sexo, las funciones excrementales, la grosería y oponen el rijoso “mal gusto” al supuesto “buen gusto” de las clases dominantes.

No hay que confundir la clasificación hecha por Bajtín y otros críticos literarios de estirpe sociológica –cultura oficial y cultura popular- con aquella división que desde hace mucho existe en el mundo anglosajón, entre la “high brow culture” y la “low brow culture”: la cultura de la ceja levantada y la de la ceja alicaída. Pues en este último caso estamos siempre dentro de la acepción clásica de la cultura y lo que distingue a una de otra es el grado de facilidad o dificultad que ofrece al lector, oyente, espectador y simple cultor el hecho cultural. Un poeta como T. S. Eliot y un novelista como James Joyce pertenecen a la cultura de la ceja levantada en tanto que los cuentos y novelas de Ernest Heminway o los poemas de Walt Whitman a la de la ceja alicaída pues resultan accesibles a los lectores comunes y corrientes. En ambos casos estamos siempre dentro del dominio de la literatura a secas, sin adjetivos. Bajtín y sus seguidores (conscientes o inconscientes) hicieron algo mucho más radical: abolieron las fronteras entre cultura e incultura y dieron a lo inculto una dignidad relevante, asegurando que lo que podía haber en este discriminado ámbito de impericia, chabacanería y dejadez estaba compensado largamente por su vitalidad, humorismo, y la manera desenfadada y auténtica con que representaba las experiencias humanas más compartidas.

De este modo han ido desapareciendo de nuestro vocabulario, ahuyentados por el miedo a incurrir en la incorrección política, los límites que mantenían separadas a la cultura de la incultura, a los seres cultos de los incultos. Hoy ya nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos. Basta abrir un periódico o una revista para encontrar, en los artículos de comentaristas y gacetilleros, innumerables referencias a la miríada de manifestaciones de esa cultura universal de la que somos todos poseedores, como por ejemplo “la cultura de la pedofilia”, “la cultura de la marihuana”, “la cultura punqui”, “la cultura de la estética nazi” y cosas por el estilo. Ahora todos somos cultos de alguna manera, aunque no hayamos leído nunca un libro, ni visitado una exposición de pintura, escuchado un concierto, ni aprendido algunas nociones básicas de los conocimientos humanísticos, científicos y tecnológicos del mundo en que vivimos. Queríamos acabar con las élites, que nos repugnaban moralmente por el retintín privilegiado, despectivo y discriminatorio con que su solo nombre resonaba ante nuestros ideales igualitaristas y, a lo largo del tiempo, desde distintas trincheras, fuimos impugnando y deshaciendo a ese cuerpo exclusivo de pedantes que se creían superiores y se jactaban de monopolizar el saber, los valores morales, la elegancia espiritual y el buen gusto. Pero lo que hemos conseguido es una victoria pírrica, un remedio que resultó peor que la enfermedad: vivir en la confusión de un mundo en el que, paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es.

Sin embargo, se me objetará, nunca en la historia ha habido un cúmulo tan grande de descubrimientos científicos, realizaciones tecnológicas, ni se han editado tantos libros, abierto tantos museos ni pagado precios tan vertiginosos por las obras de artistas antiguos y modernos. ¿Cómo se puede hablar de un mundo sin cultura en una época en que las naves espaciales construidas por el hombre han llegado a las estrellas y el porcentaje de analfabetos es el más bajo de todo el acontecer humano? Sí, todo ese progreso es cierto, pero no es obra de mujeres y hombres cultos sino de especialistas. Y entre la cultura y la especialización hay tanta distancia como entre el hombre de Cro-Magnon y los sibaritas neurasténicos de Marcel Proust. De otro lado, aunque haya hoy muchos más alfabetizados que en el pasado, este es un asunto cuantitativo y la cultura no tiene mucho que ver con la cantidad, sólo con la cualidad. Es decir, hablamos de cosas distintas. A la extraordinaria especialización a que han llegado las ciencias se debe, sin la menor duda, que hayamos conseguido reunir en el mundo de hoy un arsenal de armas de destrucción masiva con el que podríamos desaparecer varias veces el planeta en que vivimos y contaminar de muerte los espacios adyacentes. Se trata de una hazaña científica y tecnológica, sin lugar a dudas y, al mismo tiempo, una manifestación flagrante de barbarie, es decir, un hecho eminentemente anticultural si la cultura es, como creía T. S. Eliot, “todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido”.

La cultura es –o era, cuando existía- un denominador común, algo que mantenía viva la comunicación entre gentes muy diversas a las que el avance de los conocimientos obligaba a especializarse, es decir, a irse distanciando e incomunicando entre sí. Era, así mismo, una brújula, una guía que permitía a los seres humanos orientarse en la espesa maraña de los conocimientos sin perder la dirección y teniendo más o menos claro, en su incesante trayectoria, las prelaciones, lo que es importante de lo que no lo es, el camino principal y las desviaciones inútiles. Nadie puede saber todo de todo –ni antes ni ahora aquello fue posible-, pero al hombre culto la cultura le servía por lo menos para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los valores estéticos. En la era de la especialización y el derrumbe de la cultura las jerarquías han desaparecido en una amorfa mezcolanza en la que, según el embrollo que iguala a las innumerables formas de vida bautizadas como culturas, todas las ciencias y las técnicas se justifican y equivalen, y no hay modo alguno de discernir con un mínimo de objetividad qué es bello en el arte y qué no lo es. Incluso hablar de este modo resulta ya obsoleto pues la noción misma de belleza está tan desacreditada como la clásica idea de cultura.

El especialista ve y va lejos en su dominio particular pero no sabe lo que ocurre a sus costados y no se distrae en averiguar los estropicios que podría causar con sus logros en otros ámbitos de la existencia, ajenos al suyo. Ese ser unidimensional, como lo llamó Marcuse, puede ser, a la vez, un gran especialista y un inculto porque sus conocimientos, en vez de conectarlo con los demás, lo aíslan en una especialidad que es apenas una diminuta celda del vasto dominio del saber. La especialización, que existió desde los albores de la civilización, fue aumentando con el avance de los conocimientos, y lo que mantenía la comunicación social, esos denominadores comunes que son los pegamentos de la urdimbre social, eran las élites, las minorías cultas, que además de tender puentes e intercambios entre las diferentes provincias del saber –las ciencias, las letras, las artes y las técnicas- ejercían una influencia, religiosa o laica, pero siempre cargada de contenido moral, de modo que aquel progreso intelectual y artístico no se apartara demasiado de una cierta finalidad humana, es decir que, a la vez que garantizara mejores oportunidades y condiciones materiales de vida, significara un enriquecimiento moral para la sociedad, con la disminución de la violencia, de la injusticia, la explotación, el hambre, la enfermedad y la ignorancia.

En su célebre ensayo, “Notas para la definición de la cultura”, T. S. Eliot sostuvo que no debe identificarse a ésta con el conocimiento –parecía estar hablando para nuestra época más que para la suya porque hace medio siglo el problema no tenía la gravedad que ahora- porque cultura es algo que antecede y sostiene al conocimiento, una actitud espiritual y una cierta sensibilidad que lo orienta y le imprime una funcionalidad precisa, algo así como un designio moral. Como creyente, Eliot encontraba en los valores de la religión cristiana aquel asidero del saber y la conducta humana que llamaba la cultura. Pero no creo que la fe religiosa sea el único sustento posible para que el conocimiento no se vuelva errático y autodestructivo como el que multiplica los polvorines atómicos o contamina de venenos el aire, el suelo y las aguas que nos permiten vivir. Una moral y una filosofía laicas cumplieron, desde los siglos dieciocho y diecinueve, esta función para un amplio sector del mundo occidental.

Aunque, es cierto que, para un número tanto o más grande de los seres humanos, resulta evidente que la trascendencia es una necesidad o urgencia vital de la que no pueden desprenderse sin caer en la anomia o la desesperación. Jerarquías en el amplio espectro de los saberes que forman el conocimiento, una moral todo lo comprensiva que requiere la libertad y que permita expresarse a la gran diversidad de lo humano pero firme en su rechazo de todo lo que envilece y degrada la noción básica de humanidad y amenaza la supervivencia de la especie, una élite conformada no por la razón de nacimiento ni el poder económico o político sino por el esfuerzo, el talento y la obra realizada y con autoridad moral para establecer, no de manera rígida sino flexible y renovable, un orden de prelación e importancia de los valores tanto en el espacio propio de las artes como en las ciencias y técnicas: eso fue la cultura en las circunstancias y sociedades más cultas que ha conocido la historia y lo que debería volver a ser si no queremos progresar sin rumbo, a ciegas, como autómatas, hacia nuestra propia desintegración. Sólo de este modo la vida iría siendo cada día más vivible para el mayor número en pos del siempre inalcanzable anhelo de un mundo feliz.

Sería equivocado atribuir en este proceso funciones idénticas a las ciencias y a las letras y a las artes. Precisamente por haber olvidado distinguirlas ha surgido la confusión que prevalece en nuestro tiempo en el campo de la cultura. Las ciencias progresan, como las técnicas, aniquilando lo viejo, anticuado y obsoleto, para ellas el pasado es un cementerio, un mundo de cosas muertas y superadas por los nuevos descubrimientos e invenciones. Las letras y las artes se renuevan pero no progresan, ellas no aniquilan su pasado, construyen sobre él, se alimentan de él y a la vez lo alimentan, de modo que a pesar de ser tan distintos y distantes un Velásquez está tan vivo como Picasso y Cervantes sigue siendo tan actual como Borges o Faulkner. Las ideas de especialización y progreso, inseparable de la ciencia, son írritas a las letras y a las artes, lo que no quiere decir, desde luego, que la literatura, la pintura y la música no cambien y evolucionen. Pero no se puede decir de ellas, como de la química y la alquimia, que aquella abole a ésta y la supera. La obra literaria y artística que alcanza cierto grado de excelencia no muere con el paso del tiempo: sigue viviendo y enriqueciendo a las nuevas generaciones y evolucionando con éstas. Por eso, las letras y las artes constituyeron hasta ahora el denominador común de la cultura, el espacio en el que era posible la comunicación entre seres humanos pese a la diferencia de lenguas, tradiciones, creencias y épocas, pues quienes se emocionan con Shakespeare, se ríen con Molière y se deslumbran con Rembrandt y Mozart se acercan a y dialogan con quienes en el tiempo que aquellos escribieron, pintaron o compusieron, los leyeron, oyeron y admiraron.

Ese espacio común, que nunca se especializó, que ha estado siempre al alcance de todos, ha experimentado períodos de extrema complejidad, abstracción y hermetismo, lo que constreñía la comprensión de ciertas obras a una élite. Pero esas obras experimentales o de vanguardia, si de veras expresaban zonas inéditas de la realidad humana y creaban formas de belleza perdurable, terminaban siempre por educar a sus lectores, espectadores y oyentes integrándose de este modo al espacio común de la cultura. Ésta puede y debe ser, también, experimento, desde luego, a condición de que las nuevas técnicas y formas que introduzca la obra así concebida amplíen el horizonte de la experiencia de la vida, revelando sus secretos más ocultos, o exponiéndonos a valores estéticos inéditos que revolucionan nuestra sensibilidad y nos dan una visión más sutil y novedosa de ese abismo sin fondo que es la condición humana. La cultura puede ser experimento y reflexión, pensamiento y sueño, pasión y poesía y una revisión crítica constante y profunda de todas las certidumbres, convicciones, teorías y creencias. Pero ella no puede apartarse de la vida real, de la vida verdadera, de la vida vivida, que no es nunca la de los lugares comunes, la del artificio, el sofisma y la frivolidad, sin riesgo de desintegrarse. Puedo parecer pesimista, pero mi impresión es que, con una irresponsabilidad tan grande como nuestra irreprimible vocación por el juego y la diversión, hemos hecho de la cultura uno de esos vistosos pero frágiles castillos construidos sobre la arena que se deshacen al primer golpe de viento.

Granada, junio de 2009

* http://www.ugr.es/~proto/documentos/DISCURSO%20SOBRE%20LA%20CULTURA.%20GRANADA.pdf